martes, 9 de enero de 2018

Bitácora de una Infección



Bitácora de una infección.

Es primero de enero 2018, comienza un nuevo año, se trazan nuevas metas, pese a la crisis venezolana todos se llenan de optimismo y fe, se acerca la fecha para adorar al Niño Jesús de Escuque y para recibir de nuevo a la Divina Pastora que sale de Santa Rosa para visitar Barquisimeto. Trasnochados y extrañados por no haber visto ni escuchado pirotecnia como en años anteriores, (como en todos y cada uno de nuestros años vividos), solo se comenta, solo se dice cuando saldremos de esto. Los que viajaron retornan a sus casas unos llenos de alegría y otros con mucha tristeza, otros simplemente vieron el rostro de sus seres queridos transformados en código binario.
El dos de enero, nos dimos cuenta en nuestro caso, que no solo retornábamos a nuestra casa los que fuimos a compartir con unos familiares, sino que venía un visitante ajeno un polizón y aunque viajaba en el mismo carro, venía incrustado en la piel de uno de nosotros, sin percatarnos que nos haría conocer la verdadera realidad de Venezuela.
El tres de enero, pude ver como una simple picada (creemos que de un zancudo) comienza a aumentar significativamente de tamaño, dejando de ser un simple punzón a una enorme y rojiza de mucha comezón, pero que a nuestros ojos solo ameritaba una “cremita para la piel”.
Llegó el cuatro de enero hace cuatro años un día de mucha felicidad para la familia, pues se celebraba el cumpleaños del viejo Carlos Silva quien no  se encuentra con nosotros pero al que le debemos gran parte de lo que somos, hoy nos levantamos pensando en una misas por su eterno descanso; de repente todo cambio, el visitante que irritaba la piel crecía de manera despiadada, una simple picada prendió la alarma de la familia, requiriendo los servicios de un doctor, pero como en el país ya casi no trabaja la primera semana de enero, decidimos llamar a viejos conocidos y amigos galenos que pudieran guiar a través de este rojizo y molesto viaje.
No nos atendió uno, nos visitaron dos y nos recibió otro y todos con un mismo y tajante diagnóstico, una celulitis causada por una picadura infectada a la cual hay que atacar inmediatamente con antibióticos, medicamento muy común y económico para tratar infecciones (bueno así era en la Venezuela bonita). Aparece una lista de nombres como si se tratara la lista Schindler donde se leían varios medicamentos antibióticos para atacar rápidamente la infección; comienza la primera cruzada a través de todas las farmacias de la urbe valerana; redes sociales y servicios de mensajería instantánea para encontrar el medicamento. Así como se imaginan simplemente no había sino uno que otro de la lista a muy alto precio y que no atacaba directamente al indeseado visitante de la piel. Al fin con por lo menos una opción se dio inicio a un tratamiento efímero que nos tranquilizó un poco, solo un poco. Al llegar la tarde de este cuarto y soleado día de enero nos dimos cuenta que la mancha seguía en aumento y debimos llamar a los doctores que de nuevo nos atendieron y que nos ayudaron con un tratamiento intravenoso el cual simplemente no funcionó, tomando la decisión de llamar a nuestra desde hace unos años corredora de seguro para ir a una clínica.
“En efecto su póliza está activa puede disponer de ella pregunte en su clínica de preferencia si nuestra compañía está autorizada y proceda, les recuerdo que el monto de dicha póliza cubre doscientos cincuenta mil Bolívares y el exceso es de hasta dos millones ochocientos” (para enero de 2017 eran 20 días de clínica). Toca asumir el gasto pero… en efecto no hay tampoco medicamentos en las clínicas, pero y ahora ¿qué hacemos? Lo que está haciendo todo venezolano de cualquier estrato social, llamar amigos para ver ¿cómo se resuelve?, después de llamada y llamada visita y visita, caímos en un centro asistencial público donde en efecto había el antibiótico necesario para tratar al visitante, los cuales en otrora te los entregaban (pero también los podías comprar muy económicos) con la condición que debíamos ser hospitalizados. Pensando en nuestra salud y previniendo daños mayores accedimos a la misma, siendo tratados de la mejor manera, con el mayor espíritu vocacional y de servicio, no lo podemos negar fueron muy atentos, diligentes y colaboradores, salvo alguna que otra mínima excepción en la regla. El día que debimos estar en la misa de nuestro Carlos Silva, nos hospitalizaron y comenzamos el combate contra el infeccioso amigo. Llegamos a un cuarto público de 6 camas de hospital, veíamos caras de resignación similares a las nuestras, personas acostadas, sentadas paradas, todas pendientes de resolver sus problemas, solo pensábamos sin cesar, que ya estábamos recibiendo nuestra propia “dosis de patria”, algunos detalles más que contar pero se los dejamos para el día cinco.

Día cinco de enero, primer día en nuestro nuevo cuarto, un baño público para las damas del lugar, para todas, donde no existe papel higiénico como es costumbre en todas partes de nuestro país y mucho menos jabón, donde el piso está siempre mojado y su sistema de evacuación de agua está directo, en el que solo se “baja” con un “pote” descubierto lanzándole agua desde arriba para que la gravedad ayude al cometido; personas de mantenimiento ayudan a su limpieza pero igual siempre está “encharcado”. Personas adultas visitan este viejo baño algunas acompañados por sus familiares por su situación u otras simplemente se valen por sí mismas. Condiciones totalmente insalubres pero “eso es lo que hay”, algunos hombres se cuelan para ir a esa misma sala sanitaria sin importarles la imagen de una dama que está pegada la puerta, otros si van a su baño que por cierto en peores condiciones que el anteriormente descrito. Las camas del cuarto son modernas pero ya no funcionan bien, en su gran parte eléctricas pero todas se manipulan manualmente, en algunos casos unas sillas plásticas para los acompañantes de las personas enfermas, donde seguramente pasarán la noche recostados a los pies de su familiar.
Este día cinco era el segundo de tratamiento intravenoso, el antibiótico comenzaba a recorrer nuestras venas, y como debía ser la muy enrojecida pierna comienza a retomar su color natural los 23 cms de diámetro de la parte afectada comienza a sanar muy lentamente. El personal que cumple cabalmente su trabajo nos trata de manera muy amable y respetuosa, dejándonos incluso otra cama que estaba libre para no usar esa incomoda silla plástica para pasar no sabíamos cuantas incomodas noches.
Nos encontramos personas con diferentes cuadros clínicos, pero con nuestra misma situación, la mayoría con recursos para solventar una enfermedad que podría tratarse en casa pero que la crisis medicinal te prohíbe, que simplemente te separa de tus hijos por unos días y que sin querer te muestra la realidad del país, nadie a pesar de ser una institución pública habla a favor de los que dirigen nuestras tierras, por el contrario todos hablan muy mal de ellos incluso a sabiendas que el tratamiento que recibimos es pagado por ellos, como debería ser en un país como cualquier otro sin distingo de raza, color o abolengo.  
El día 6 de enero, ya recibíamos la tercera dosis de medicamentos, cada 6 horas el preciado fármaco se mezclaba en nuestra sangre mejorando cada vez más la herida y eliminando poco a poco al malquerido visitante. Cada día sentíamos más ganas de salir de allí, odiábamos esa única sala de baño sin ducha, puesto que está estaba en otra sala donde no había luz, o te bañabas con una linterna, a oscuras o simplemente dejabas la puerta abierta para ver como lo hacías. Conocimos amigos, contamos historias, dramas, chistes y sentimos dolor ajeno, se repetiría constantemente todos los días siguientes, los olores nauseabundos los combatíamos con vinagre.
Era siete de enero nada cambiaba la luz era encendida entre 5:30 am a 6:00 ya todo nos parecía a un campo de concentración o peor aún a un hospital de guerra, eso sí con una atención para quitarse el sombrero pero como dijimos anteriormente con algunas excepciones que suponemos de trabajadores de la nueva camada queriendo mostrar su autoridad dejando entrever su inexperiencia de relaciones públicas.
Ya el ocho de enero teníamos posibilidades del Alta pero el médico tratante sugirió un día más de antibióticos, no rechazamos la oferta, puesto que la herida no había sanado en un 100%, se nos pedía un tratamiento oral que gracias a Dios conseguimos a través de las redes sociales a través de una amiga; pero el hastío era cada vez mayor y el personal que recibiría esta noche fue el que nos pareció no tocaba al mismo son que los anteriores, esa noche la vía se dañó, ya había pasado en ocasiones anteriores y la persona encargada de pasar el tratamiento, de forma troglodita trató de pasarlo rápidamente infiltrando la vena y causando dolor le apodamos “el matasano”.
Hoy nueve de enero, esperábamos el alta, saldríamos de ese sitio de gente humilde, amable, colaboradora pero al estilo de la guerra, nos ganamos al personal de vigilancia a punta de galletas y arepas que llevábamos para alimentarnos, al fin apareció la Dra. A la cual le agradecemos su dedicación, humor, solidaridad y fidelidad al juramento hipocrático, también a los doctores amigos que siempre estuvieron pendientes, al más joven y al más viejito conocedor de secretos y símbolos. Nuestros amigos que se acercaron para ver irse al polizón de nuestra piel y a la bioanalista que siempre ayudó a que todo fuera más fácil.
Hoy nueve de enero, terminamos de recibir nuestra dosis de patria que nos dejó muy claro y le decimos   muy sinceramente y con mucho terror “o corremos o nos encaramamos”.

René Silva

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